Asociación Ronda80. Voluntariado

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viernes, 6 de junio de 2008

[¿Tiene límites el Estado?] Aspectos sobre la fe y la política

articulo de Josep Ratzinger del 26 de noviembre de 1981 en Bonn, extraido del libro iglesia, ecumenismo y política, editorial bac, 1987. pg 163-168

[Interesante] homilía pronunciada el 26 de noviembre de 1981, en el curso de una celebración litúrgica con los diputados católicos del Parlamento alemán en la iglesia de San Winfried, en Bonn. Las lecturas 1 Pc 1,3-7 y Jn 14, 1-6 eran las de la liturgia del día. A primera vista parecían poco significa­tivas para nuestro tema, pero, bien consideradas, se manifestaron insos­pechadamente fecundas [Nota del editor de siena: también hoy, ante un Estado omnipresente y sin limites... ].

"La epístola y el evangelio que acabamos de escuchar tie­nen que ver con una situación en la. que los cristianos no eran sujetos activos del Estado, sino que estaban perse­guidos por una dictadura cruel. No les era permitido parti­cipar en las tareas del Estado. Sólo podían estarle some­tidos. No se les dejaba constituir un Estado cristiano y su deber era vivir como cristianos a pesar del Estado. Los nombres de los emperadores que detentaban el poder en el período en que la tradición sitúa la fecha de ambos textos bastan para ilustrar aquella situación: se llamaban Nerón y Domiciano.

La primera carta de Pedro define a los cris­tianos como «dispersos» o extranjeros en tal Estado (1 Pe 1,1) y denomina al mismo Estado como «Babilonia» (1 Pe 5,13); así, de este modo tan incisivo, describe la situación política de los cristianos de aquel entonces. Correspondía ésta, de algún modo, con la de los hebreos exiliados a Ba­bilonia, que no eran sujeto, sino objeto de aquel poder y que, por lo tanto, tuvieron que aprender cómo sobrevivir y no cómo desarrollarlo. El escenario político de las lecturas de hoy es, pues, radicalmente distinto del actual. Sin em­bargo, contiene tres afirmaciones importantes, con un mensaje válido también para la acción política entre los cristianos.

1. El Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no sólo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado. El Estado no es la to­talidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el lo­tum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pre­tendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico. La supresión del totalitarismo esta­tal ha desmitificado al Estado, liberando al hombre polí­tico y a la política.

Pero cuando la fe cristiana, la fe en una esperanza supe­rior del hombre, decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Aunque estas promesas se vayan obte­niendo mediante el progreso y reivindiquen exclusivamente para sí el concepto de progreso, son, sin embargo, históri­camente consideradas, un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana, una vuelta hacia atrás en el ca­mino de la historia. Y aunque vayan propalando como ob­jetivo propio la liberación total del hombre, la eliminación de cualquier dominio sobre el hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su liber­tad, porque reducen el hombre a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte el Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política, es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud; es política mitológica7'

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es real­mente capaz de crear como orden de libertad y, de este modo, encontrar un criterio de discreción, consciente de que su expectativa superior está en manos de Dios. El re­chazo de la esperanza que radica en la fe es, al mismo tiempo, un rechazo del sentido de la medida en la razón política. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad, que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mí­tica del paraíso inmanente y autárquico sólo puede condu­cir al hombre a la frustración; frustración ante el fracaso de sus promesas y ante el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa, hija de su propia fuerza y crueldad.

El primer servicio que presta la fe a la política es, pues, liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos polí­ticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible en vez de exigir con ardor lo imposible ha sido siempre cosa difícil; la voz de la razón nunca suena tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama grandes hazañas tiene la vibración del moralismo; limitarse a lo posible parece, en cambio, una renuncia a la pasión moral, tiene el aspecto del pragmatismo de los mezquinos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuen­cia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por sí mismp lo que es de Dios. En cambio, sí es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo, dentro de esta medida, las obras del hombre. No es en la ausencia de toda concilia­ción, sino en la misma conciliación donde está la moral de la actividad política.

2. A pesar de que los cristianos eran perseguidos por el Estado romano, su posición ante el Estado no era radical­mente negativa. Reconocieron al Estado en cuanto Estado, tratando de construirlo como Estado según sus posibili­dades, sin intentar destruirlo. Precisamente porque sabían que estaban en «Babilonia», les servían las orientaciones que el profeta Jeremías había dado a los judíos deportados a Babilonia. La carta del profeta transcrita en el cap. 29 del libro de Jeremías no es ciertamente una instrucción para la resistencia política, para la destrucción del Estado esclavista, ni se presta a tal interpretación. Por el contra­rio, es una exhortación a conservar y a reforzar lo bueno. Se trata, pues, de una instrucción para la supervivencia y, al mismo tiempo, para la preparación de un porvenir nuevo y mejor. En este sentiçlo, esta moral del exilio con­tiene también elementos de un ethos político positivo. Jere­mías no incita a los judíos a la resistencia ni a la insurrec­ción, sirio que les dice: «Edificad casas y habitadlas. Plan­tad huertos y comed de sus frutos... Procurad la paz de la ciudad adonde os trasladé; y rogad por ella al Señor, por­que en la paz de ella tendréis vosotros paz» Ocr 29,5-7). Muy semejante es la exhortación que se lee en la carta de Pablo a Timoteo, fechada tradicionalmente en tiempos de Nerón: «(Rogad) por todos los hombres, por los empera­dores y por todos los que están en el poder, a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y ho­nestidad» (1 Tim 2,2). En la misma línea se desarrolla la carta de Pedro con la siguiente exhortación: «Vuestro com­portamiento entre los paganos sea irreprensible, a fin de que, por lo mismo que os censuran como malhechores, re­flexionando sobre las obras buenas que observan en vos­otros, glorifiquen a Dios en el día del juicio» (1 Pc 2,12). «Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey» (1 Pc 2,17). «Ninguno de vosotros tenga que sufrir como homicida, o ladrón, o malhechor, o delator. Pero si uno sufre como cristiano, que no se aver­güence; que glorifique más bien a Dios por este nombre» (1 Pc 4,15a)

¿Qué quiere decir todo esto? Los cristianos no eran cier­tamente gente sometida angustiosamente a la autoridad, gente que no supiese de la existencia del derecho a resistir y del deber de hacerlo en conciencia. Precisamente esta última verdad indica que reconocieron los límites del Es­tado y que no se doblegaron en lo que no les era lícito do­blegarse, porque iba contra la voluntad de Dios. Por eso precisamente resulta tanto más importante el que no inten­taran destruir, sino que contribuyeran a regir este Estado. La antimoral era combatida con la moral, y el mal con la decidida adhesión al bien, y no de otra manera. La moral, el cumplimiento del bien, es la verdadera oposición, y sólo el bien puede preparar el impulso haciá lo mejor. No exis­ten dos tipos de moral política: una moral de la oposición y una moral del poder. Sólo existe una moral: la moral como tal, la moral de los mandamientos de Dios, que no se pueden dejar en la cuneta ni siquiera temporalmente, a fin de acelerar un cambio de la situación. Sólo se puede construir construyendo, no destruyendo. Esta es la ética política de la Biblia, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo.

El cristiano es siempre un sustentador del Estado en el sentido de que él realiza lo positivo, el bien, que sostiene en comunión los Estados. No teme que de este modo vaya a contribuir al poder de los malvados, sino que está conven­cido de que siempre y únicamente el reforzamiento del bien puede abatir al mal y reducir el poder del mal y de los malvados. Quien incluya en sus programas la muerte de inocentes o la destrucción de la propiedad ajena no po­drá nunca justificarse con la fe. Explícitamente es lo con­trario de la sentencia de Pedro: «Pero jamás alguno de vos­otros padezca por homicida o ladrón» (1 Pe 4,15); son palabras que valen también ahora contra este tipo de resis­tencia. La verdadera resistencia cristiana que pide Pedro sólo tiene lugar cuando el Estado exige la negación de Dios y de sus mandamientos, cuando exige el mal, en cuyo caso el bien es siempre un mandamiento.

3. De todo esto se sigue una última consecuencia. La fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizado, el mito del Estado paraíso y de la sociedad sin dominación ni poder. En su lugar ha implantado el realismo de la razón. Ello no significa, sin embargo, que la fe haya traído un realismo carente de valores: el de la estadística y la pura fisica social. En el verdadero realismo del hombre se en­cuentra el humanismo, y en el humanismo se encuentra Dios. En la verdadera razón humana se halla la moral, que se alimenta de los mandamientos de Dios. Esta moral no es un asunto privado; tiene valor y resonancia pública. No puede existir una buena política sin el bien que se con-creta en el ser y el actuar. Lo que la Iglesia perseguida prescribió a los cristianos como núcleo central de su ethos político debe constituir también la esencia de una activi­dad política cristiana: sólo donde el bien se realiza y se re­conoce como bien puede prosperar igualmente una buena convivencia entre los hombres. El gozne sobre el que gira una acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública el plano moral, el plano de los manda­mientos de Dios.

Si lo hacemos así, entonces también nosotros podremos, tras el paso de los tiempos de angustia, comprender, como dirigidas a nosotros personalmente, las palabras de los textos de este día: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14,1). «Porque por el poder de Dios estáis custodiados me­diante la fe para vuestra salvación...»

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