Asociación Ronda80. Voluntariado

Blog para los voluntarios de la Asociación Ronda80 y público en general.
Contiene la agenda de actividades para voluntariado organizadas por esta asociación y una recopilación semanal de cinco noticias de interés que se envía por e-mail.

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domingo, 3 de febrero de 2008

¿Piensan los jóvenes?


artículo de jaime nubiola, profesor de filosofía,

en la gaceta de los negocios, domingo 20 de enero de 2008

La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga.

En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas.

"Quien piensa se raya" —dicen en su jerga—, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar —vienen a decir— si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.

En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento —por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura— exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años.

"Ni quiero una chaqueta para toda la vida —escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog— ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".

Y se hacen superfluos

El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos".

Esto sucede —explicaba Arendt— cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad —añado yo— vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal.

No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.

Lo que se puede hacer

Resulta muy peligroso —para cada uno y para la sociedad en general— que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos —como aspiraba Wittgenstein— a tener pensamientos propios.

Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.

Hijo: Sin ti, el futuro ya pasó


comentario de juan josé garcia noblejas en www.scriptor.org, a raiz de una carta en el pais y en www.laopiniondeunciudadano.blogspot.com,

martes 31 de enero de 2008

Un amable lector granadino escribe sugiriendo esta anotación. Hecho.

Ha visto en la prensa española la noticia de una interesante campaña pública de promoción de la natalidad en Alemania, una campaña "pro-niños", y le gustaría que me haga eco aquí. Y en una carta al diario El País. Hecho.

Tenía noticia de esta llamativa campaña, pero sólo en alemán. Y como esa lengua no es mi fuerte, la verdad es que no hice más averiguaciones. Así que agradezco la iniciativa del colega lector granadino.

Hay en Youtube un ejemplo de la campaña de promoción en televisión (Tú eres Alemania), subtitulado en castellano, digno no de verse.

Y el texto argumentativo es digno de ser leído con un mínimo de atención. Dice así:

"Nos vuelves locos.
Lloras toda la noche.
Te orinas en la cama.
Te salen los primeros dientes y luego tienes incluso el sarampión.
Primero el parvulario, luego el colegio y con 15 años nos tienes a nosotros.
Sí, tú nos haces locamente felices.
Tu adquisición es gratuita.
Luego se vuelve cara.
Necesitas tiempo y espacio.
Nos 'cuestas' los zapatos nuevos, la televisión grande y las vacaciones en la costa.


Tú no eres un lujo, tú eres impagable.
Hay muchos motivos para no tener hijos y el mejor para tenerlo: tú.
No puedes hablar y nos explicas el mundo.
No puedes correr y nos ayudas a dar un salto.
Aprendes tanto cada día y nos enseñas mucho más.
Nos muestras que nunca es mal momento, sino realmente el mejor para recibirte.

Tienes padre y madre y necesitas todo el país para crecer felizmente.
No estás solo, sino que eres nuestra tarea más valiosa.
Tú haces de dos personas una familia, de la vivienda más pequeña, un lugar de juego y de aventuras, y de fideos y salsa de tomate, una comida de fiesta".

Interesantes ideas para los tiempos que corren.

Sarkozy y Dios


noticia de j.m. martí font, corresponsal de el país en francia,

el país, domingo 20 de enero de 2008

Nicolas Sarkozy quiere meter a Dios en la política y romper el tabú más emblemático de la República: la separación radical entre religión y Estado definida por el muy francés concepto de laicismo. Dos recientes discursos; el primero en Roma, en la basílica de San Juan de Letrán tras ser nombrado canónigo honorario, y el segundo en Riad, ante el rey Abdalá de Arabia Saudí, le han servido para introducir este elemento en su relato político y encender la mecha de una polémica que va más allá de la vieja querella entre Dios y el César, para entrar de lleno en la fábrica de la textura de las sociedades del tercer milenio.

"En la transmisión de los valores y en el aprendizaje de la diferencia entre el bien y el mal, el instructor no podrá nunca reemplazar al sacerdote o al pastor, incluso si es importante que se aproxime, porque siempre le faltará la radicalidad del sacrificio de su vida y el carisma de un compromiso basado en la esperanza", dijo en Roma. "Un hombre que cree es un hombre que espera. Y el interés de la República es que haya muchos hombres y mujeres que esperen. La desafección progresiva de las parroquias rurales, el desierto espiritual de las barriadas (...), la penuria de sacerdotes, no ha hecho más felices a los franceses", añadió para propugnar "una laicidad positiva que no considere que las religiones son un peligro, sino una baza".

En Riad, además de deshacerse en alabanzas al "islam moderado" que supuestamente impulsa la monarquía saudí dijo: "La vida del hombre no tiene tan sólo una dimensión material, al hombre no le basta consumir para ser feliz. Una política de civilización es una política que integra la dimensión intelectual, moral y espiritual".

Las reacciones no se hicieron esperar. El ex primer ministro socialista Laurent Fabius denunció el intento del presidente de "imponer sus creencias privadas a la República", acusándole de "romper con lo que ha sido la tradición republicana del general De Gaulle a Chirac". Desde su propio campo, el muy gaullista Jean-Louis Debré, presidente del Consejo Constitucional, se encargaba de recordar que la ley sobre la laicidad "es uno de los pilares de la República" y que hay que "velar para que no se rompa el equilibrio". Y el líder centrista François Bayrou, él mismo católico practicante, ironizó: "Creía que esta concepción de la religión como distribuidora de esperanza, la que hace que los pueblos se mantengan tranquilos, ya quedaba detrás nuestro".

El otro filo de las intenciones del presidente lo denunciaba el socialista Jean Glavany señalando la "laicidad positiva" del presidente; una forma de acusarle de caer en la herejía del comunitarismo anglosajón. Por un lado estaría el Sarkozy bonapartista: la religión es buena para el orden; por lo tanto es buena para la estabilidad del Estado; por otro, el neoliberal intentando romper el hermético modelo republicano para dar carta de naturaleza a las diferencias en un país en el que el Estado tiene prohibido saber, no sólo la religión, sino también el origen étnico o cultural de sus ciudadanos.

Como ministro del Interior, Sarkozy fue el primero en sugerir que había que crear "un islam de Francia", y proponer ayudas para financiar lugares de culto para las confesiones no católicas, principalmente la musulmana. A él se debe la creación del Consejo del Culto Musulmán. Ahora ha decidido que los representantes de las grandes religiones pasen a formar parte del Consejo Económico Social, uno de los organismos consultivos más importantes del Estado.

El sociólogo Jean Bauberot cree que el presidente y sus asesores "han leído muy bien todos los análisis sobre la posmodernidad, de que ya no se puede tener confianza en el progreso como en el tiempo de la Ilustración. Entonces, la ciencia y sus aplicaciones prometían mejorar la vida en la Tierra, mientras que hoy día son acusadas de poner en peligro el planeta". "Pero Sarkozy hace de la religión una dimensión obligatoria del ser humano (...)", añade. "Ninguno de sus predecesores ha llegado tan lejos".

El pasado jueves recibía en el Elíseo a los representantes de las principales religiones de Francia, incluso, por primera vez, a los budistas. A la salida, el arzobispo de París, André Ving-Trois, se felicitaba de "la nueva manera de abordar el hecho religioso, más tranquila y menos conflictiva, que corresponde a una nueva generación política". El pastor Claude Batty analizaba de forma certera "el pequeño psicodrama" desencadenado por Sarkozy con este acercamiento al fenómeno de las religiones. "Es la manifestación del desfase entre un presidente que ha entrado de lleno en la sociedad posmoderna, en la que las convicciones se muestran sin complejos, frente a otros que funcionan sobre los viejos esquemas de la oposición entre la Iglesia y el Estado; la ciencia y la religión".

A Sarkozy le fascina el hecho religioso; lo asegura incluso su intelectual de cabecera, Henri Guaino, que reconoce haber tenido muy poco que ver en esta ofensiva y en los discursos de Roma y Riad. "Es un tema que le es muy querido", aseguró Guaino. "No soy el inspirador de esta irrupción de la religión en el discurso de Sarkozy porque es algo que ha empezado mucho antes de que yo trabajara con él. Es un tema importante", dijo.

El presidente dice considerarse "miembro de la Iglesia católica", aunque admite que su "práctica religiosa es episódica". Su vida personal, su moral sexual, están muy lejos de las reglas del catecismo.