Asociación Ronda80. Voluntariado

Blog para los voluntarios de la Asociación Ronda80 y público en general.
Contiene la agenda de actividades para voluntariado organizadas por esta asociación y una recopilación semanal de cinco noticias de interés que se envía por e-mail.

Calendario

martes, 17 de mayo de 2011

Un político ejemplar

artículo de alejandro navas, profesor de sociología de la universidad de navarra / www.diariodenavarra.es / viernes 6 de mayo de 2011



Nuestro político destaca por la nobleza de sus sentimientos y la dignidad de su porte externo. Habla de modo pausado y nunca pierde la serenidad. Afable y conciliador, nada hay en él que sea vulgar.

Al llegar a la jefatura del Gobierno, renunció a casi toda vida social; apenas se le vio en fiestas ni en celebraciones. Hizo una excepción con la boda de su primo NN: asistió a la ceremonia religiosa, pero no se quedó al banquete.

Pasó quince años al frente del Estado, y en ningún momento sucumbió a las tentaciones de la corrupción. En su vida privada adoptó un tono extremadamente austero, lo que provocó más de una queja de su mujer, de sus hijos y de otros parientes. A la vez, dedicaba una considerable cantidad de dinero al socorro de los indigentes. Su reputación era intachable, por lo que ni siquiera tuvo que rechazar propuestas de soborno: los eventuales sobornadores ni lo intentaban, conscientes de la inutilidad de sus pretensiones.

En su tarea de gobierno no se limitó a seguir al pueblo, de acuerdo con los datos que ofrecían los escrutadores de las opiniones dominantes. La demagogia no iba con él. Se negó a adular a la ciudadanía y actuó como un buen maestro, que persuade con razones sólidas. Si advertía que la gente iba a lo fácil, sabía ser fuerte para hacerle ver lo que convenía al bien común.

Cuando su país se vio envuelto en conflictos bélicos, actuó con prudencia, sin lanzarse a aventuras temerarias, incluso cuando la opinión pública parecía alentarlas. Consiguió frenar esos ímpetus desbordantes y contener las ansias de injerencia en asuntos internos de otros países.

Supo aprovechar los años de prosperidad económica y de superávit en las cuentas públicas para desarrollar un ambicioso programa de obras públicas y de monumentos artísticos. Contrató a los mejores artistas y, en un plazo asombrosamente corto, impulsó la creación de obras destinadas a ser la admiración de las generaciones futuras. Nunca se ha hecho tanto de tanta calidad en tan poco tiempo.

Cuando todo le sonreía y parecía tener el mundo bajo sus pies, la tragedia golpeó duramente a su familia. En un breve lapso de tiempo murieron sus hijos, su hermana y la casi totalidad de sus parientes y amigos. Tampoco entonces perdió la grandeza de espíritu, y supo mantener la compostura ante la adversidad. Tras sufrir un revés electoral, dejó la política y se retiró a la vida privada. Su ausencia fue breve: la ciudadanía lo añoraba y lo llamó de nuevo para que se hiciera cargo del Gobierno. No se sentía muy animado a volver, pero el pueblo le pidió disculpas por su ingratitud y él aceptó encargarse de nuevo de los asuntos del Estado.

Dispuso de un poder como nadie había tenido antes que él, y aun así no trató a ningún enemigo personal como adversario irreconciliable. Le tocó vivir tiempos azarosos, pero en medio de los conflictos más enconados supo mantener la moderación y la altura de miras.

Estoy hablando de Pericles, el líder de la democracia ateniense en el siglo V a. C., tal como lo describe Plutarco. Los historiadores han dado su nombre, “el siglo de Pericles”, a esa época gloriosa, no sólo de Atenas, sino de la humanidad en general. Se puede argüir que Pericles queda muy lejos –veinticinco siglos atrás- y que las circunstancias de la vida política son hoy muy diferentes. Es verdad, pero su caso muestra que el ideal del político exitoso y honrado no es imposible.

Ante las inminentes elecciones nos corresponde la tarea de encontrar –y votar- a esos Pericles en potencia, tanto en el ámbito regional como municipal. Desde luego que un sistema electoral de listas abiertas o desbloqueadas facilitaría su elección. Sin embargo, podemos abonar el peaje de la lista cerrada si así les ayudamos a entrar en ayuntamientos y parlamentos. Los políticos no cuentan con la simpatía de la gente, pero no todo está perdido: hay también candidatos honestos y capaces, dispuestos a trabajar con abnegación por la cosa pública. Con nuestro respaldo, al menos podrán intentarlo.

La cortesía es tender puentes. La amabilidad sana heridas

reportaje de juan meseguer/ www.acepresa.com /miercoles 11 de mayo de 2011



Los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y la Exposición Mundial de Shanghái 2010 dieron a China la oportunidad de mejorar su imagen exterior. Pero las autoridades no querían limitarse a levantar edificios sin alma; había que cultivar también a cada ciudadano... O, por lo menos, a los de Pekín y Shanghái. “Sin duda, estos edificios espectaculares impresionarán a todo el mundo”, proclamaba triunfante el China Daily en 2007. “Muy pocos se atreverán a cuestionar la habilidad de nuestro país para presentar un soberbio hardware, pero a algunos les preocupa nuestro pobre software; esos malos modales que lucen muchos ciudadanos chinos”.



La guinda final era una exhortación a mantenerse en esta línea: “Los buenos modales no sólo son para los eventos; son fundamentales para alcanzar el objetivo del país de construir una sociedad armoniosa, mantener el nivel de desarrollo y ganarnos el respeto de todo el mundo. Cultivar los buenos modales de nuestros ciudadanos es mucho más importante que ganar 100 medallas de oro”.

Algo más que “poder blando”.



Así concebidos, los buenos modales serían una especie de “poder blando” con los que China pretende mejorar su imagen exterior. Pero la cortesía de los ciudadanos de Pekín y Shangái servirá de poco mientras las autoridades chinas sigan exhibiendo sus “malos modales” con los disidentes en el país […].



Agradar, ¿para qué?

El caso de China refleja el riesgo que conlleva instrumentalizar los buenos modales. La exquisita sensibilidad oriental parece desvirtuada aquí por un formalismo orientado a ganarse el favor de la opinión pública mundial. El buen gusto no sólo es una tentación para el régimen chino. A los jóvenes de hoy, el mítico libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, del estadounidense Dale Carnegie, les podría parecer una guía perfecta para fabricar hipócritas.



Publicado en 1936, este best-seller ofrece algunas técnicas para agradar en las relaciones sociales. Hay consejos muy variados: unos van dirigidos a mejorar habilidades como hablar en público o ser un buen conversador; otros enseñan maneras de mostrar aprecio real por los demás; pero también hay otros que reducen a los demás a meros espectadores del ego-business.



El libro encandiló a una generación de norteamericanos que, en general, veían con buenos ojos el principio “si quieres recoger miel, no des puntapiés a la colmena”. La amabilidad se presentaba como una forma de reforzar la cohesión social. Otra cosa es que algunos quisieran sacar provecho propio.

Fue quizá esta vertiente utilitarista de los buenos modales lo que inclinó el péndulo hacia el extremo contrario. Como explica Christine B. Whelan, profesora de sociología en la Universidad de Pittsburgh, la revuelta contracultural de los años sesenta y setenta desafió esta mentalidad.



La cortesía comenzó a verse como un artificio. La sinceridad sin paños calientes –“yo digo lo que pienso, pise los callos que pise”– y la expresión de las emociones, aún de las más viscerales, se presentaron como lo más auténtico. Quizá no habían leído a Roland Barthes, para quien “la cortesía es más generosa que la franqueza, pues significa que uno cree en la inteligencia del otro”.



El año pasado, Whelan hizo un experimento con sus alumnos. Les dio a leer el libro de Carnegie y después tenían que contestar dos preguntas: “¿Crees que sus consejos funcionan?” y “¿Te parecen honrados”.



“La respuesta a la primera pregunta fue un rotundo sí”, explica en un artículo publicado por Big Questions Online. “Te contaban cómo se habían librado de multas por exceso de velocidad, cómo habían arreglado un noviazgo o cómo se habían ganado la aprobación de sus suegros potenciales gracias a las técnicas amigables de Carnegie”.



Tal vez por eso el interés por los buenos modales y por el protocolo es una de esas cosas que siempre vuelven, aunque sea por motivos de saber manejarse en el ambiente laboral y social.

La segunda pregunta, en cambio, dividió a la clase. Eso de sonreír a alguien por quien no sientes ninguna simpatía, ¿no es un poco hipócrita? Claro que funciona y que la gente enseguida corresponde, reconoce un alumno. Pero se siente –añade– como si se estuviera mintiendo a sí mismo.



Siguiendo a C. S. Lewis, Whelan propuso una reflexión a sus alumnos: comenzar a hacer cosas por los demás es una forma de empezar a quererlos. Más que hipocresía, es un intento de tender puentes: “Tratar a los demás ‘como si’ ya existiera una amistad es un primer paso para crearla”.

Y también para cambiarse a uno mismo. Así lo veía el moralista francés Jean de la Bruyère (1645-1696): “La cortesía hace aparecer al hombre por fuera tal como debería ser interiormente”.



La realidad es que vivir en la perpetua espontaneidad no es viable. Dominique Picard, autior de dos libros sobre la cortesía, declara a La Croix (12-01-2011): “La cortesía es, por una parte, un sistema de reglas un poco formal (...). Pero, en su base, es el aceite que se pone en la maquinaria de las relaciones sociales, lo que permite vivir juntos respetando al otro, de manera que todo el mundo tenga su sitio”.



La amabilidad sana heridas

Gill Corkindale, experta en administración de empresas y ex gerente del Financial Times, también es de las que piensan que la amabilidad no es un artificio. De hecho, según cuenta en su blog de la Harvard Business Review, fue el apoyo de sus colegas lo que le ayudó a recuperar la ilusión en el trabajo tras un duro golpe.



Su vida profesional transcurría sin grandes sobresaltos; a los períodos de más estrés seguían otros de calma. Dedicaba bastantes horas a mejorar su formación y se preocupaba mucho por los asuntos cotidianos.



Todo iba sobre ruedas hasta que un día le dijeron que un familiar muy querido había muerto de forma inesperada. “Me quedé de piedra, absolutamente desconcertada. Durante varias semanas fui incapaz de pensar o de hablar sobre el trabajo. La vida se detuvo, y no tenía fuerzas para empezar de nuevo”.



Hubo dos cosas que le ayudaron a recuperarse poco a poco. El shock –reconoce con una sinceridad que desarma– le abrió los ojos y le hizo caer en la cuenta de que había mucha gente a su alrededor que también tenía problemas serios.



Un banquero joven le contó lo mal que lo pasó cuando falleció su hermana de 27 años; un empresario de 47 años le confesó sus batallas por superar la alcoholemia que había acabado con las vidas de su padre, su hermano y su tío antes de cumplir los 50; otra colega le dijo que estaba exhausta de cuidar a su hijo de 6 años, que padecía una enfermedad terminal...



La segunda cosa que le ayudó a salir adelante fue el aprecio de sus jefes y de sus colegas. “Me dieron tiempo y espacio suficientes para recuperarme. Respetaban mis deseos de estar a solas y, a la vez, me animaban a dar pequeños pasos para salir adelante. La amabilidad marcó la diferencia”.

lunes, 9 de mayo de 2011

El conformismo de la transgresión

artículo de javier gomá / www.elpais.com / sabado 23 de abril de 2011



Si en otro tiempo la transgresión contribuyó al avance de la civilización, en la sociedad liberada actual su lenguaje es superfluo y lo que exige el aprendizaje moral es otra cosa, escribe Javier Gomá en El País (23-04-11).



“La cuestión moral ahora pendiente ya no es cómo ampliar la libertad subjetiva sino cómo crear las condiciones para una convivencia pacífica entre millones de individualidades liberadas fomentando entre ellas hábitos de amistad cívica. Convivir implica aceptar positivamente algunos gravámenes restrictivos y esta aceptación exige a su vez un aprendizaje moral y sentimental del ejercicio de la libertad.



(...) En lugar de prestar ese servicio, la cultura dominante –la cultura coetánea– sigue insistiendo con monotonía en el lenguaje de la liberación. No sólo el artista o el filósofo nihilista, todo el mundo es en la hora presente un gran, un inmenso transgresor. Quien más quien menos se reclama provocador, subversivo, inconformista y rebelde. Oh, sí, por supuesto, un gran transgresor, pero ¿de qué y contra qué? El más modoso de los ciudadanos bosteza de aburrimiento ante espectáculos licenciosos que hasta hace poco habrían hecho sonrojarse al mismo Calígula. Ser transgresor es hoy como hacer top lessen una playa nudista.



Si la transgresión ha perdido últimamente su èlan liberatorio se debe a que, como señala Bataille, su práctica presupone la existencia de una regla prohibitiva que se contraviene pero no se suprime, y el proceso liberador ha suprimido todas las reglas y no ha dejado nada que contravenir. La transgresión ha sido cosificada por un mercado que absorbe todas sus contradicciones y las integra en su lógica; ha sido institucionalizada por obra de un Estado que la subvenciona y le presta sus espacios oficiales (teatros y museos públicos); ha sido neutralizada por leyes que normalizan una opción sexual condenada hasta hace poco como vicio nefando.



También a mi se me escapa un bostezo ante tanta afectación anacrónica y tanta maniera antica”

Más allá de las etiquetas

artículo de fernando pascual arcol /analisis y actualidad n. 22 jueves 5 mayo de 2011



La costumbre de etiquetar a otros es tan común que parece que la llevamos escrita en nuestros genes. Porque el mejor modo de “anular” al otro, de arrinconarlo, de silenciarlo, de negarle sus derechos, incluso su misma dignidad, es ponerle una etiqueta que nos impide ver a la persona para fijarnos en el adhesivo.



¿Es del otro lado de la frontera? Tenemos ante nosotros un enemigo. ¿Habla mal? Estamos ante un hombre inculto, incapaz de aportar algo inteligente. ¿Tiene un buen vestido? He aquí un burgués capitalista, opresor de los pobres y enemigo de la justicia. ¿Huele a vino? Se trata de un miserable que seguramente arruina a su familia.



Las etiquetas surgen desde el deseo interior de “dominar” al otro, de encasillarlo, de comprenderlo. Por eso salen casi espontáneas, hasta el punto de que quien está ante nosotros llega a “convertirse” en un ser despreciable, sin derecho a la palabra y sin posibilidad de defenderse de acusaciones que a veces son completamente falsas.



Pero más allá de las etiquetas existe en cada hombre, en cada mujer, algo muy grande y muy hermoso: un corazón, una inteligencia, un alma espiritual. Porque ningún hombre, ninguna mujer, puede quedar reducido a lo que aparenta, a sus modos de actuar, o a los sentimientos negativos que surgen en nosotros contra esa persona.



En cada ser humano se esconde el tesoro del espíritu, la vocación indeleble a la verdad, al bien, a la belleza. También, por desgracia, dentro de cada uno hay tendencias hacia el mal, hacia la injusticia, hacia la mentira. Por eso las etiquetas positivas, con las que vemos de modo ingenuo en alguien sólo cualidades, pueden llegar a ser tan erróneas y tan negativas como las etiquetas con las que rechazamos injustamente a otros.



El misterio de cada ser humano va mucho más allá de cualquier etiqueta. En el fondo, sólo Dios conoce eso que llevamos dentro, eso que somos realmente, en una extraña mezcla de miseria y de grandeza.



Por eso, antes de enjuiciar a otros, conviene detenernos y mirar hacia arriba, para descubrir dimensiones insospechadas en este hombre, en esta mujer, a los que podré ayudar seriamente si dejo de lado etiquetas ingenuas o rencorosas. Será posible, entonces, tenderle una mano amiga y convertirnos en compañeros de camino en la maravillosa aventura de la vida humana.

[Ben Laden] Frente a la muerte de hombre un cristiano no se alegra nunca

declaraciones de federico lombardi, portavoz del vaticano /www.zenit.org / lunes 2 de mayo de 2011



Ante la muerte de un hombre “un cristiano no se alegra nunca”, afirma el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Federico Lombardi, tras conocerse la noticia de la muerte de Osama Bin Laden a manos de un comando del ejército norteamericano.



El portavoz de la Santa Sede augura que este acontecimiento “no sea una ocasión para un ulterior crecimiento del odio sino de la paz”, y recordó la “gravísima responsabilidad” del líder de Al-Qaeda de difundir el “odio” entre los pueblos.



“Frente a la muerte de un hombre, un cristiano no se alegra nunca, sino que reflexiona sobre las graves responsabilidades de cada uno ante Dios y los hombres, y espera y se compromete para que cada acontecimiento no sea ocasión para un crecimiento ulterior del odio, sino de la paz”.



Osama Bin Laden, añade la declaración, “tuvo la gravísima responsabilidad de difundir división y odio entre los pueblos, causando la muerte de innumerables personas, y de instrumentalizar las religiones con este fin”.

Con la beatificación de Juan Pablo II no se trata de hacer un juicio histórico sino de saber si vivió en grado heroico las virtudes

entrevista de irene hernández velasco a joaquín navarro valls, ex portavoz del papa / www.elmundo.es / sábado 30 de abril de 2011



Su rostro con los ojos llorosos, un día antes de la muerte de Juan Pablo II, dio la vuelta al mundo. Y, seis años después, Joaquín Navarro- Valls (Cartagena, 1936) aún se sigue emocionando visiblemente en algunos momentos cuando habla de KarolWojtyla, con quien trabajó codo con codo durante 21 años como su jefe de prensa. Este miembro numerario del Opus Dei, que llegó a ejercer como psiquiatra y como periodista antes de convertirse en el primero –y hasta ahora único– laico al frente de la oficina de prensa de la Santa Sede es sin duda alguna una de las personas que mejor conocieron a Juan Pablo II, quien mañana será elevado a los altares en una ceremonia de beatificación presidida por su sucesor, Benedicto XVI.



Durante las dos décadas que trabajó junto a Juan Pablo II, ¿tuvo en algún momento la sensación de estar ante un santo?

Estos días todo el mundo dice: «La Iglesia hace santo a Juan Pablo II». Y yo no estoy en absoluto de acuerdo. Porque una persona o es santa mientras vive o no lo será nunca... No es que la Iglesia ahora haga santo a Juan Pablo II, sino que certifica que en su vida fue santo. Y eso es algo que se le veía.



¿Y en qué se notaba?

Sería largo de explicar. Quizás sea una cosa muy subjetiva, pero para mí se le notaba sobre todo en su buen humor. Puede parecer una cosa paradójica, pero es así. Cuando se tienen 17 o 18 años tener buen humor es una cosa obligatoria, biológica. A los 40, cuando uno empieza a tener problemas con el trabajo, con la mujer, con los hijos, ya no... Y a los 80, cuando se tiene encima el peso de una vida, enfermedades y toda una serie de cosas, seguir teniendo buen humor resulta excepcional. Para mí el buen humor era uno de los rasgos definitivos de su santidad, ese modo positivo de ver las cosas, ignorando completamente sus propios problemas y viviendo para su misión, para la gente.



Imagino que fue tal vez en los últimos años, cuando Juan Pablo II ya estaba enfermo, cuando se acentuó esa capacidad de ponerle buena cara a la adversidad...

Efectivamente. Me acuerdo por ejemplo de una vez, cuando él ya llevaba bastón, que un cardenal, pensando que le iba levantar el ánimo, le dijo: «Santo Padre, lo veo muy bien». Y él, con cara de guasa, le respondió: «¿Pero es que usted cree que yo no veo en la tele la condición en que estoy?».



Una pregunta personal: ¿usted reza a Juan Pablo II?

Bueno… Yo trato de seguir en contacto con él. Antes, según el trabajo que teníamos, pasábamos juntos dos o tres horas al día, dependía. En los viajes largos aún eran más horas. Ahora tengo la sensación de que he ganado: son 24 horas al día. Lo que le puedo decir es que la gente se imagina que para un creyente rezar es una obligación o simplemente una convicción. Para Juan Pablo II era una necesidad: no podía dejar de hacerlo.



¿Y sabe usted qué pedía Wojtyla en sus oraciones?

Muy frecuentemente, cuando iba a su apartamento, lo veía rezando durante horas en su pequeña capilla, con unos papelitos en la mano: pasaba uno, luego otro, luego otro... ¿Qué hacía? No me atreví a preguntárselo. Pero se lo pregunté a su secretario personal, Stanislaw Dziwisz. Me contó que a Juan Pablo II le llegaban cartas de todos los rincones del mundo, en todas las lenguas, de gente perfectamente desconocida que le pedía que rezara por esto o por aquello. Eran cartas del tipo: «Rece usted por mí porque soy una madre con cuatro hijos y me han diagnosticado un cáncer muy grave», o «Rece usted por mi hijo que se droga». En fin, todas las miserias imaginables del mundo. ¡Y el Papa se pasaba horas rezando por todo eso que le pedían, con las cartas en la mano! Su oración estaba llena de todas las necesidades de los demás. Estoy seguro que no le quedaba espacio en su oración para plantearle a Dios sus cosas.



¿Cuál cree que era su mayor virtud?

A veces uno tiene la impresión de que las distintas virtudes cristianas están en contraposición unas con otras. Así, la persona que es muy recta de pensamiento a veces peca de intransigente, de fría y distante. Y en el polo opuesto, aquel que por su carácter es comprensivo a veces cae en una especie de indeferencia, confunde el ser misericordioso con importarle todo un bledo. En Juan Pablo II no se producía esa locura de virtudes. Por ejemplo: era un hombre que no perdía un minuto, y al mismo tiempo nunca tenía prisa.



¿Y su punto débil?

¿Su punto débil? Yo me pregunto hasta qué punto no se pueden aprovechar algunos de la gran bondad de una persona que amaba mucho a todos los que tiene a su alrededor, como era su caso…



¿En ese sentido hay quienes consideran que el proceso de beatificación de Juan Pablo II ha sido excesivamente rápido, que no ha habido tiempo de analizar en profundidad su papel ante los graves y numerosos casos de abusos a menores cometidos por sacerdotes durante su Pontificado y su relación con Marcial Maciel, el pederasta en serie y fundador de los Legionarios de Cristo que disfrutó del apoyo personal de Juan Pablo II…

Es un asunto largo, pero que voy a tratar de resumir. Había por aquellos años una carta autógrafa de Maciel dirigida a un periódico americano en la que juraba ante Dios que todas las cosas que se decían de él eran falsas y que no pensaba defenderse, que lo llevaba como una cruz, etcétera. Esa carta está ahí, en internet, yo la tengo en el archivo. Y no obstante todo eso, el procedimiento canónico contra Maciel se empezó en el pontificado de Juan Pablo II. Se terminó en los primeros meses del pontificado de Benedicto XVI, y de hecho fui yo quien informó de aquello. Y todo ello, le repito, a pesar de los juramentos de esa persona. Pero, además, permítame recordarle que en aquella época hubo dos cardenales de la Iglesia –uno era Bernardin, de Chicago, y el otro Pell, de Sydney– que fueron acusados públicamente de abusos sexuales. Pues bien: en menos de un mes se demostró que las dos acusaciones eran falsas. Hay que recordar ese contexto. Pero insisto: en el caso concreto de Maciel el proceso canónico se inició en el pontificado de Juan Pablo II.



Sí, pero Juan Pablo II tardó mucho en abrir el proceso contra Maciel. ¿Cree que ese retraso pudo ser fruto de su excesiva bondad?

No, lo que ocurrió es que no había jurídicamente los datos que se obtuvieron luego.



Pero Maciel gozó de la protección de colaboradores de Juan Pablo II, porque a pesar de que desde hacía tiempo había muchas denuncias contra él pasaron años hasta que se inició el proceso…

Le he citado los casos de Pell y de Bernardin y le podría citar otros… Usted me habla de denuncias. Pero una persona, también en el derecho canónico, es inocente hasta que no se demuestre su culpabilidad..



Como jefe de prensa de Juan Pablo II, ¿hubo momentos difíciles de comunicación entre usted y el Papa?

No. Una de las cosas que siempre me ha ayudado profesionalmente, y que también me ha impresionado humanamente, es que él contaba todo: audiencias con personajes del mundo, jefes de Estado, lo que fuera… O cosas personales, como por ejemplo sus enfermedades. Nunca, ni una sola vez en más de 20 años, le he oído decir: «Pero esta información que le doy es sólo para usted, no la haga pública». Él se fiaba de la profesionalidad de los demás. Era un hombre que desde ese punto de vista tenía una mentalidad muy laica, muy profesional. Yo era el jefe de prensa y él dejaba en mis manos la responsabilidad de decidir lo que hacía público y lo que no.



¿Pero podía levantar el teléfono y llamarle en cualquier momento?

Siempre.



¿Y alguna vez lo hizo?

Naturalmente. Los últimos días de su vida, por ejemplo, mi jornada cotidiana se dividía en dos períodos muy distintos: estar en la habitación donde él estaba muriendo, algo que me resultaba muy difícil, y luego estar con vosotros, los periodistas, en la sala de prensa. Pero eso no fue una cosa excepcional del final, sino que fue así desde el principio. Juan Pablo II valoraba mucho el legítimo interés de la gente, no sólo por su enfermedad sino por todas las cosas.



La de Juan Pablo II va a ser la beatificación más rápida de la historia moderna de la Iglesia. ¿Cree que está justifica esta velocidad?

No sé si va a ser el personaje que más rápidamente ha sido beatificado… Durante muchos siglos los santos eran canonizados por clamor popular. Es decir, era el pueblo que conocía la vida de aquella persona y decía: «Este hombre es santo». Desde este punto de vista lo que ocurrió el día de su funeral, cuando la gente comenzó a gritar «santo súbito», ya resulta en algún modo indicativo. No obstante, Benedicto XVI decidió que se hiciera el proceso de beatificación. Yo considero, aunque entiendo las razones contrarias, que sería una cosa magnífica poner a disposición de la gente los seis volúmenes del proceso de beatificación, que son una maravilla. Ver la vida de Juan Pablo II contada no ya por documentos históricos sino por testigos oculares es magnífico. Incluso, y es muy interesante, allí dentro están los testimonios de algunas personas seriamente contrarias a su beatificación.



Pero cree que, tan solo seis años después de la muerte de Juan Pablo II, ¿hay la suficiente perspectiva histórica sobre su persona como para elevarle a los altares?

Yo a eso le respondería que no se trata de hacer un juicio histórico, sino de saber si Juan Pablo II tenía virtudes en grado heroico. Eso es lo que significa un proceso de beatificación. Los historiadores luego escribirán volúmenes y contarán además con el material histórico de los archivos vaticanos, que ahora están cerrados y que no han sido tenidos en cuenta para el proceso de beatificación porque no tienen valor desde el punto de vista de evaluación de la santidad de la persona. La pregunta que se hace en el proceso de beatificación es: ¿vivió esta persona las famosas siete virtudes cristianas –tres teologales y cuatro morales– y las vivió en grado heroico? Y eso es algo a lo que se puede responder ahora, recurriendo sobre todo a los testimonios directos.



¿Recuerda la última vez que habló con Juan Pablo II?

No recuerdo cuándo fue la última vez, pero desde luego fue en el último período, probablemente días antes de su muerte. Si se refiere a mi despedida de él, fue sin palabras, ya no había necesidad. Él estaba perfectamente consciente, nos miramos a los ojos sufriendo, porque el final fue doloroso, y le besé la mano. Recuerdo que era una mano muy fría, porque en esos últimos días tenía la tensión arterial bajísima. Pero no tuve ningún deseo de decirle nada... ¿Qué le iba a decir? ¿Qué esperaba yo que él me dijese? Eran veintitantos años trabajando juntos día y noche, viajando juntos, descansando juntos en la montaña... Cualquier palabra hubiera resultado insuficiente.

¿Qué quedará de la historia?

articulo de juna luis lorda, profesor de teología moral de la universidad de navarra/ www.diariodenavarra.es /lunes 2 de mayo de 2011



En nigún funeral de la época moderna (ni de la antigua) ha contado con una representación oficial tan amplia y significativa como el de Juan Pablo II; donde se podían ver desde tres presidentes norteamericanos, los dos Bush y Clinton, hasta una nutrida representación del mundo árabe. ¿Fue sólo un momento de emoción en el océano de aburrimiento de una época gris que no sabía la crisis económica que se le venía encima? ¿Quedará algo para la historia, aparte de unas escenas impresionantes, para el que las quiera recordar?



Acostumbrados como estamos a la vieja manipulación ideológica de la historia en todos los regímenes totalitarios, y a la reescritura a la que es sometida por las ideologías en el poder, y por los nacionalismos recientes, ya sabemos que el pasado depende de quién lo cuenta. Y, en un mundo cada vez más global en la superficie, y más roto en lo que queda del fondo, cada uno se cocina la historia que le conviene.



Desde este punto de vista la figura de Juan Pablo II, molesta para gran parte del pensamiento dominante, está bastante expuesta. Especialmente en esta piel de toro. En los archivos está, para quien lo quiera estudiar, ese sector de la televisión y de la prensa nacional que hizo todo lo que pudo, como línea editorial, para distorsionar y desviar la atención del público. Que sólo quería fijarse en lo que costaban los viajes, en los que protestaban, en los grupúsculos alternativos, en lugar de en las multitudes, en la alegría de las celebraciones y en los mensajes. Y que fue totalmente superada en viajes como el de Cuba. Pero no han cambiado. Y quizá son responsables de que, en España, la figura de Juan Pablo II no haya tenido la misma influencia que, por ejemplo, en Estados Unidos o en Italia. Spain is different. España es diferente: antes, por despreocupada y folclórica; hoy, por ácida y resentida.



En la homilía del inicio del cónclave, el que iba a ser su sucesor y no lo sabía, cardenal Ratzinger, declaró: "El deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro".



Es difícil expresar mejor lo que la Iglesia católica debe a Juan Pablo II. Se puede decir que resolvió y encauzó la crisis postconciliar: él que era un protagonista del Concilio, que participó activamente en las sesiones, que contribuyó a escribir alguno de los principales documentos, que quedó marcado por esa impronta y que la llevó a su pontificado. Mucho más que otros que pretendían ser, también entre nosotros, los depositarios del espíritu del Concilio, a veces, sin haberlo leído. No les hacía falta, porque eran fieles a sus propios puntos de vista y a sus manías convertidas en profecía.



La figura de Juan Pablo II es, a la vez, una figura titánica y amable. Titánica por la cantidad, calidad y amplitud de sus iniciativas. Amable, porque todo lo hizo sin perder su buen tono de hombre sencillo, cercano, piadoso y auténtico. Nunca se ocultó y estuvo a la vista de todo el mundo. De los que le veían a todas horas y todos los días. Desayunaba, comía y cenaba siempre con gente distinta y variada. No necesitaba ni ocultarse ni apartarse. Sólo para rezar y rezaba mucho. Y todos han dejado este testimonio unánime.



¿Qué le debe la Iglesia? Esa renovación de ánimo y ese dar cauce al Concilio, que es el acontecimiento más importante de la Iglesia en la época moderna. ¿Qué le debe el mundo? Ese testimonio de humanidad y de santidad. Y de paso, esa caída inesperada del muro de Berlín, que no era sólo un muro físico, sino, también, el mayor muro mental que se ha alzado en la historia de la humanidad. Una división completa en la concepción de la vida y del futuro de la sociedad. Un trágico sucedáneo del cielo en esta pobre tierra. Muchos que sostenían el muro sin estar dentro, no se lo han perdonado. Pero es que quizá necesitaban antes perdonarse a sí mismos.



Los cristianos no podemos menos de contemplar la figura de Juan Pablo II con una inmensa admiración, como un gran don de Dios en el comienzo del tercer milenio de la era cristiana. Hay mucho que aprender de su figura, por eso son tan interesantes sus testimonios personales y las buenas biografías que se están publicando. Y también hay mucho que aprender de sus escritos personales, especialmente en el dominio de lo que es la conciencia en la vida de las personas. Y de la doctrina cristiana sobre la sexualidad, el matrimonio y el celibato.



En la memoria cristiana, la figura de Juan Pablo II quedará como una gran luz, unida a esa maravillosa y conmovedora constelación de santos que es la verdadera riqueza de la Iglesia. En las demás historias, dependerá de cada uno. De si quiere o no meterlo en la suya, tal como él fue.



Pascal se atrevió a decir que la historia de la Iglesia es la historia de la verdad. Y no era un ingenuo.